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Palabras de Jesús Herrero, director del IES Vela Zanetti, en nuestra despedida. Gracias, Jesús.

Me gustaría dedicar, no tengo duda alguna que en nombre de todos, unas palabras a Juanjo y a Lobo. Unas palabras no tanto de despedida como de agradecimiento, reconocimiento y sobre todo admiración.

Reconocimiento y agradecimiento por toda una vida dedicada a la enseñanza que, podéis estar seguros, nos sirve de inspiración a cuantos hemos tenido el honor de compartir alegrías y sinsabores con vosotros.

A lo largo de todos estos años habéis contribuido con vuestra dedicación, y diverso buen hacer, a realzar los grandes valores propios de nuestra profesión y nuestro querido centro. Habéis hecho gala de cualidades que os acreditan como excelentes profesores, grandes compañeros y excelentes personas. En vosotros, en fin, reconocemos las cualidades personales y profesionales que engrandecen y prestigian socialmente nuestra profesión.

Quiero deciros, en nombre de todos, que debéis estar orgullosos de la fructífera carrera profesional que ahora culmináis y que comenzasteis vocacionalmente allá por los años ochenta. A lo largo de ella habéis dejado huella, no solo en todos los alumnos que por vuestras clases han pasado, sino también en todos aquellos que hemos tenido el placer de conoceros y trabajar con vosotros.

Ambos sois modelo de compromiso con vuestra tierra, en sentido figurado y también en el literal. Así lo atestiguan los productos de la tierra con los que nos agasaja de vez en cuando Lobo o el hecho de que cuando alguien habla un rato con Juanjo, gran conocedor de plantas y bichos, dicen, al final uno es capaz de situar a su querido Quintana del Pidio en el mapa, a diferencia, según su queja, de muchos cartógrafos.

Debéis estar orgullosos, y nosotros queremos reconocer, además del compromiso con vuestra tierra, el compromiso que habéis demostrado con el instituto y con una educación innovadora, en libertad y, sobre todo, cercana, trabajando por transcender vuestra asignatura y por llegar a la persona que es cada alumno.

Debéis estar orgullosos, y nosotros admiramos, vuestro amor por las letras. En su vertiente de creación literaria en tu caso Juanjo y en la, por todos conocida, teatral, de Lobo. En ambos casos, esa pasión por las letras nos permite vislumbrar vuestra calidad intelectual y personal, referente y estímulo para muchos de vuestros compañeros y alumnos.

Emprender nuevos caminos siempre implica una despedida. Queremos desearos de corazón que en esta nueva etapa de vuestra vida tengáis mucha salud y felicidad.
Como se suele decir, nadie es imprescindible, pero sabed que dejáis un hueco en el Vela Zanetti y en muchos de nosotros que será difícil de llenar. Es seguro que vuestros alumnos siempre os llevarán en un rinconcito de su corazón y con el paso de los años os recordarán además de como grandes profesores, como excelentes personas. 

Recogiendo un verso del blog de Juanjo, por nuestra parte, nosotros, vuestros compañeros os podemos asegurar que:

“Aunque os hayáis ido nunca os iréis de nuestro corazón”.

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En un viejo país ineficiente,
(…) en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.
(Jaime Gil de Biedma)

La última entrada que publiqué en este blog fue hace cuatro años y medio. Fue también una despedida, la de mi padre. Hoy vuelvo a publicar un nuevo post con motivo de otra despedida.

Recuerdo que cuando cumplí los cuatro años acompañé a mi abuelo Constancio para hablar con el maestro del pueblo. Finalizaba junio. Mi abuelo quería que cuando comenzará el próximo curso asistiera a la escuela. Don Cervantes, así se llamaba el maestro, puso reparos para que me incorporara en septiembre porque no había suficientes pupitres en la escuela de niños. Al final, como don Cervantes subía frecuentemente a probar las cubas de la bodega de mi abuelo, accedió a que asistiera a la escuela con la condición de que llevara mi propia silla.
En una escuela desvencijada, con estufa de serrín, cristales rotos y leche en polvo de la ayuda americana para los recreos, aprendí a leer.
Con nueve años mis abuelos paternos y un tío cura me llevaron a Ibrillos, pueblo limítrofe con La Rioja y cercano a Santo Domingo de la Calzada. Recuerdo que aunque era “de pueblo” me sorprendió este pueblo. Las calles llenas de barro, sin agua corriente en las casas, colas en la fuente de la plaza para llenar cántaros, calderos y botijos. A los pocos meses nos abandonó la maestra. Fue un día frío de febrero y sin saber el motivo llegamos hasta el verano sin tener escuela. Sin duda eran otros tiempos, no había lista de interinos.
Aún así, durante aquellos meses, recibí una educación muy provechosa. Con Araceli, Gonzalo y Carlos recorríamos el curso del río, saltábamos las tapias de las huertas, conocíamos donde tenía su nidal cada gallina que andaba suelta por el pueblo y éramos los que más nidos nos aprendíamos.
Aquella etapa educativa nos marcó. Fue nuestra etapa “rusoniana”. Fueron unos meses en los que como el Emilio de Rousseau nos educamos en la escuela pedagógica de la evolución natural. Quizás sin saberlo aquí comenzó mi educación y admiración por la pedagogía de la Escuela de Summerhill. Gonzalo es Inspector de Hacienda, Araceli dermatóloga y Carlos oncólogo.
Mi tío, el cura, quizás pensó que dada la experiencia y calidad educativa de mi etapa riojana, Ibrillos era un pueblo abierto hacia La Rioja, tenía que ingresar en el seminario de Burgos. Allí cursé el bachillerato y dos años de filosofía. En el seminario jugábamos mucho al fútbol, comíamos muchos garbanzos y teníamos muchas horas de clase y estudio. En esos años, jugué como titular de las distintas categorías (alevines, infantiles y juveniles). En infantiles quedamos campeones provinciales y deberíamos haber asistido a la fase nacional que se celebraba en San Sebastián, pero éramos adolescentes y nuestros “educadores” decidieron que no asistiéramos a San Sebastián no fuera que “perdiéramos la vocación”.
Otro deporte que me gustaba era el atletismo aunque era un deporte menospreciado en aquellos años, ¡donde estuviera el fútbol! En cierta ocasión fui a correr la prueba clasificatoria de los 1500 metros. Nuestro profesor de gimnasia, así se llamaba entonces, era de la Falange Española de las Jons e impartía clases en un instituto de la ciudad. Un día antes preparamos “la estrategia” de la prueba de cara a la final. Me aclaró que un alumno de su instituto estaba mejor preparado para la prueba, por lo que debería ayudarle en la carrera. En la primera vuelta íbamos a la par y en el grupo de cabeza. A medida que avanzaba la carrera nos íbamos descolgando del grupo de cabeza, así que tomé la decisión de tirar, pero mi compañero se iba quedando atrás. Alcancé al grupo de cabeza, lo rebasé y llegué con ventaja a la meta. Cuando me acerqué a mi profesor recibí una espléndida bofetada. Mi “soberbia” fue castigada, no pude asistir a la concentración nacional de atletismo. Quizás porque corriera peligro, una vez más, mi vocación.
De mi etapa en el seminario tengo muy buenos y felices recuerdos, amigos, profesores… Por cierto, este mes de septiembre, cuando ya esté oficialmente jubilado, celebraré con mis compañeros seminaristas las bodas de oro, cincuenta años desde que comencé primero de bachillerato con diez años. Por esos años se celebró el Proceso de Burgos contra dieciséis miembros de ETA. Don Marce, el profesor de Formación del Espíritu Nacional nos educaba sobre esta organización. Nos dijo que querían envenenar el agua del depósito de suministro de la ciudad y volar la catedral. Nosotros nos lo creíamos y rezábamos. Tres años después, cuando ya estábamos soñando con la Navidad nos enteramos de lo de Carrero Blanco.
La vocación creo que la perdí o ella me dejó a mí cuando tenía diecisiete años. Sin saber qué hacer ni que rumbo tomar, quizás no fui convenientemente informado por el Equipo de Orientación de mi colegio, decidí trasladarme a Madrid porque allí estudiaba periodismo Arsenio, mi mejor amigo en la etapa seminarística. Llegaba a Madrid con todo el bagaje formativo y educativo del Seminario. Era septiembre del año 1975. Tenía que comenzar COU, aunque ya había realizado dos años universitarios de Filosofía. Vivía con mi abuela materna en un piso de la calle Cristóbal Bordiú, entre Nuevos Ministerios y Cuatro Caminos. Recorrí los institutos céntricos pero ya no había plaza en ninguno de ellos. Así que tomé la línea uno del metro (Plaza de Castilla-Puente de Vallecas, por entonces) en Ríos Rosas y me presenté en el instituto Tirso de Molina, junto al estadio del Rayo Vallecano. Aquí pude matricularme en COU, aunque en horario nocturno.
Recuerdo que era en uno de octubre, por la mañana. Caminando hacia Cuatro Caminos oí unos sonidos secos y vi a un joven que salía corriendo, cuando doblé una esquina me encontré con un “gris” (policía) tirado en el suelo. Esta fecha es la que dio nombre a los Grapos (Grupos Antifascistas Primero de Octubre).
Terminado COU, con palabras de Gabriel García Márquez, finalizó esa etapa en la que “fui feliz e indocumentado”, inicié los estudios de Filología Hispánica en la Complutense…………………………………………. Pero estos ya fueron otros años.

 

 

Elegía a MP

1. Verano (2012)

            En junio yo estaba contemplando tu río;

yo creía vivir, pero estaba soñando

(a orillas de tu río, entre unos álamos),

sobre el ser que no somos, sobre la mala muerte,

esa que aún permite creer a los humanos

en el don que supone respirar,

en la ebriedad del canto,

en la alianza que establece amor.

            Pasaba el río (lámina de fuego)

y daba su energía a la piedra verdosa,

y la piedra engendraba tiempo eterno.

Pero el milagro de la tarde era

tu palabra en el aire, otro fuego

ya de todos, o acaso una luz

musitada, murmullo en labios del ocaso.

            Como el agua del río, de tu río,

tu palabra era música en las venas

(discurría sin llanto),

tu palabra era brisa de encinar en las sienes.

Y el verso el son del corazón del mundo.

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*******

2. Noviembre (2012)

En el camino sin camino

            Nunca te irás de aquí, aunque te hayas ido.

Siempre serás, encina, perdiz,

roble, vid o piedra eterna,

aunque, en apariencia, tu cuerpo

siga en ese camino sin regreso,

siga en ese camino sin camino.

            Aunque te vayas y aunque no regreses,

y sientas muy despacio la asfixia de los años,

tú has sido y serás ese chopo que tiembla

al borde de tu río

y de noche acaricia estrellas.

            Aquí, en esta ladera, con nieve o sin nieve,

está cuanto un día alcanzaste,

por más que el tiempo hoy pase

como el arroyo que murmura lejos,

desgastando rocas, arañando zarzas,

abismado en fuentes.

            Nunca te irás de aquí, aunque te hayas ido.

Siempre serás rumor, vuelo de pájaro

del monte hasta los viñedos,

de la umbría a la luz.

Siempre serás algo más que el racimo rojo

que brilla y que madura

anunciando los atardeceres del otoño.

            Sé que jamás te irás de estos viñedos.

Y que aunque te hayas ido

algo habrás de llevarte de este paraíso

contigo a otra parte.

¿A dónde?

                        No lo sé.

*******

3. Diciembre (2012)

            En diciembre, casi sin desearlo,

me encontré  en La Cortina contemplando

un atardecer que se consumía

-de horizonte a horizonte con

la lentitud de un cálido rescoldo.

            Ahora ya es de noche

y arriba todo es cielo

y abajo todo es mar de tierra parda

y aquí, a mi lado, sólo hay una encina

vieja y negra, enorme y grave.

            ¿Qué podría yo hacer

con esta encina-madre, con esta compañera

de grandes brazos negros, de grandes brazos duros,

con este candelabro de velas apagadas?

¿Comeré de sus frutos más amargos?

Y, si tiendo los brazos, ¿sentiré cómo hiere

su hojarasca de escarcha?

¿Palparé la aspereza de su robusto tronco,

que más parece el lomo

de la bestia de un apocalipsis?

            He venido a cobijarme

bajo la doble noche de la encina

porque era mucho el frío que desprende

el manto de esta tierra tan inmensa.

Me inquietaba también un vuelo de lechuza

en torno de la ruina de un palomar.

(Sospecho que mis ojos pueden ser el aceite

que el ave busca con inquietud

en el centro del páramo.)

            Así que me he quedado a solas y vacío

de cuanto se hace o dice en este mundo,

pero lleno del silencio más blanco

que reinó en la primera noche del planeta.

Los pies ya se han callado

sobre el crujido de la tierra helada.

La boca sólo puede morder la tierra.

Los ojos, húmedos y extraviados,

ya no persiguen constelaciones

y dudan de si son astros o agujas

lo que cae de allá arriba, entre las ramas.

            Con la idea del amor

(ese otro rescoldo que siempre llamea

en el pecho de los soñadores),

me caliento y espero,

voy pasando la noche

hasta que alba o muerte

sellen esta soledad infinita.

                      

  (Textos adaptados de varios poemas de Antonio Colinas)

AGUSTÍN GARCÍA CALVO

Casualidades de la vida pero recuerdo que comenzaba noviembre, como hoy, creo que del año 1976. Llegaba a Madrid desde una ciudad de provincias, Burgos, así se decía entonces, y a la entrada de la facultad había una enorme pancarta de recibimiento a Enrique Tierno Galván, José Luis Aranguren y Agustín García Calvo, nombres totalmente desconocidos para mí. Precisamente hoy, uno de noviembre, me llega la noticia de la muerte de Agustín García Calvo, “el amigo de Heráclito

SOBRE  AGUSTÍN GARCÍA CALVO

–          Editorial Lucina

–          Biografía

–          Entrevista a A. García Calvo

–          Manifiesto de la Comuna Atinacionalista Zamorana

–          Mayo del 68

 

 

La primavera de 1968 en la universidad madrileña fue bastante agitada, y cientos de estudiantes fueron detenidos. La policía utilizaba todos los métodos a su alcance para lograr
identificar a los cabecillas de las manifestaciones y asambleas. Uno de ellos era enviar fotografías a las autoridades universitarias en las que se rodeaban de un círculo a los estudiantes más «peligrosos», solicitando su identificación. Esta fotografía, facilitada por el Archivo General de la UCM, fue tomada en mayo de 1968.

    Esta tarde, cuando declina el verano y la luz anuncia el otoño en la lejanía del paseo, me he visto sorprendido por la tala de los álamos de Los Pradillos. Cuando diariamente a lo largo de décadas realizas el mismo trayecto de casa al trabajo y del trabajo a casa tu retina se va acomodando a lugares simbólicos. Con la monotonía de los viajes diarios vislumbras personas, paisajes, lugares, edificios… “El Argi”,  de mañana, sentado en el murete de piedra de Las Olmas o cavando las patatas del huerto, una arboleda, un espino, un árbol centenario y solitario, una colina con un muro derruido, el campanario de la iglesia… El viaje diario los va modelando, transformando, cambiando ¿o quien se modela, transforma y cambia es nuestra vida? Como todas las mañanas, a la salida del pueblo, desvías tu mirada a un lado u otro de la carretera y el murete y el huerto están vacíos. Un día de febrero en la torre de la iglesia revolotea una pareja de cigüeñas, la arboleda se convierte en un mar de tonos verdes y dorados, el espino en una bola de nieve… Pero la vida es así. Recuerdo cuando hace treinta años desapareció un primer lugar simbólico en los viajes diarios, la iglesia de Santa Merina de Revilla había sido desmontada piedra a piedra, otra tarde, años después, el árbol de Las Varguillas estaba derribado a la orilla de la carretera, la torre sigue en pie, el próximo febrero regresarán las dos parejas de cigüeñas, pero ayer la alameda de Los Pradillos, esa mancha verde a la derecha del camino que lleva a El Caño y que configuraba tus viajes cada regreso del trabajo a casa, había desaparecido. Los álamos blancos de Los Pradillos eran otro de esos lugares simbólicos que como hitos te vas encontrando diariamente durante décadas en tu camino de regreso a casa.

             Esta alameda era un lugar simbólico. Fueron las eras de la infancia, cuando se trillaba la mies. Entonces había un álamo centenario que un día hace unos cuarenta años en casa decidieron cortarlo, bajamos José, el del bar, y yo. El álamo se resistió a caer y atrapó la motosierra. José tiraba de  la motosierra, yo gritaba “déjalo, déjalo”, al fin la máquina venció a la naturaleza y el álamo cayó. Pero no se rindió porque con “las lluvias de abril y el sol de mayo” brotaron numerosos álamos. Años más tarde, decidí “reguillear” los álamos jóvenes. Comencé a podar las ramas más bajas, entresacar allí donde los brotes eran abundantes. Y aquí aparece otro de los personajes de esta historia: Abilio “el de la María”, que me observaba apoyado en su cachaba, a un centenar de metros, rodeado de varios perros y su rebaño de ovejas, de improviso soltó la cachaba y comenzó a correr hacia la alameda. Yo, que me había subido a un álamo para poder cortar las ramas a las que no alcanzaba desde el suelo, al troncharse una rama caí a la pradera y el hacha tras de mí. Abilio se temió lo peor. Fue solamente un susto. Con los años los álamos fueron creciendo. Recientemente, hace tres años, con la concentración parcelaria a la alameda se le asignó un número, el 301 (Zona de Regeneración Medioambiental), quizás por el “remordimiento y la mala conciencia” de haber derribado el álamo centenario me opuse entre mi familia que querían cortar los álamos que ya no iban a ser nuestros pero que quedarían como un entorno natural en el recuerdo. Inmenso error, el número asignado no fue el 301 sino el 300. ¿Diferencia? Los 300 son “propiedad municipal” y como propiedad suya lo han arrendado y se ha talado la alameda.

Miguel Delibes “mantiene como centro de su ideología la atención al hombre, la consideración del individuo por encima de la sociedad y en armonía con el medio natural.” (L. Mateo Díez).

Leyendo a Lucrecio a la sombra de un álamo se entiende por qué los epicúreos fueron tomados en su tiempo por subversivos. Frente a la tiranía de los dioses enarbolaban las leyes de la naturaleza; frente a los terrores de ultratumba proclamaban que el alma desaparecía con la muerte puesto que no era distinta de los sentidos; frente a los crímenes de los políticos y la corrupción de la vida pública se purificaban huyendo al campo para acogerse allí a los deleites sencillos de cada día y con ellos levantaban un bastión inexpugnable. ¿Entienden por qué hablar ahora de pimientos asados en el campo dentro de un silencio de tórtolas es revolucionario? Lo mismo les sucedía a los epicúreos. El deterioro de la vida pública es tan profundo que uno debe volver a armarse moralmente desde la naturaleza, allí donde las ovejas escarban en busca de raíces. Leyendo a Lucrecio debajo de un álamo blanco puede uno comenzar a redimirse de la suciedad que la ciénaga política le ha dejado en el cerebro la última temporada ejerciendo ahora el pequeño placer de los sentidos. (Manuel Vicent).

 Quizás estemos, también nosotros, “viviendo en la alameda de “los sueños rotos”

He vuelto a ver los álamos dorados,

álamos del camino en la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio,

tras las murallas viejas

de Soria—barbacana

hacia Aragón, en castellana tierra—.

  Estos chopos del río, que acompañan

con el sonido de sus hojas secas

el son del agua cuando el viento sopla,

tienen en sus cortezas

grabadas iniciales que son nombres

de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor, que ayer tuvisteis

de ruiseñores vuestras ramas llenas;

álamos que seréis mañana liras

del viento perfumado en primavera;

álamos del amor cerca del agua

que corre y pasa y sueña,

álamos de las márgenes del Duero,

conmigo vais, mi corazón os lleva!

(Antonio Machado)

AL OTOÑO (1)

Estación de fecundas sazones, colaboradora íntima de un sol que ya madura, conspirando con él cómo llenar de fruto y bendecir las viñas…

…encorvar con manzanas los árboles del huerto y colmar todo fruto de madurez profunda

…y engordas avellanas con un dulce interior

…y los corderos balan allá por las colinas

 

…y el petirrojo con dulce voz de tiple silba en alguna huerta

 

ODA AL OTOÑO (John Keats)

Estación de las nieblas y fecundas sazones,

colaboradora íntima de un sol que ya madura,

conspirando con él cómo llenar de fruto

y bendecir las viñas que corren por las bardas,

encorvar con manzanas los árboles del huerto

y colmar todo fruto de madurez profunda;

la calabaza hinchas y engordas avellanas

con un dulce interior; haces brotar tardías

y numerosas flores hasta que las abejas

los días calurosos creen interminables

pues rebosa el estío de sus celdas viscosas.

¿Quién no te ha visto en medio de tus bienes?

Quienquiera que te busque ha de encontrarte

sentada con descuido en un granero

aventado el cabello dulcemente,

o en surco no segado sumida en hondo sueño

aspirando amapolas, mientras tu hoz respeta

la próxima gavilla de entrelazadas flores;

o te mantienes firme como una espigadora

cargada la cabeza al cruzar un arroyo,

o al lado de un lagar con paciente mirada

ves rezumar la última sidra hora tras hora.

¿En dónde con sus cantos está la primavera?

No pienses más en ellos sino en tu propia música.

Cuando el día entre nubes desmaya floreciendo

y tiñe los rastrojos de un matiz rosado,

cual lastimero coro los mosquitos se quejan

en los sauces del río, alzados, descendiendo

conforme el leve viento se reaviva o muere;

y los corderos balan allá por las colinas,

los grillos en el seto cantan, y el petirrojo

con dulce voz de tiple silba en alguna huerta

y trinan por los cielos bandos de golondrinas.

Un carrusel vacío

El cansancio colinda con los números
pares, se parece a un penacho
de pétalos y espumas, de sucias algas glaucas
flotando en las orillas
tornadizas del tedio. El cansancio es un pozo
de lana y tafetán, un vestido de fiesta
colgado de la percha de la noche,
un pájaro cautivo, un libro vano,
el desenlace hostil de algunos sueños.

Todo concuerda ya con el cansancio
mientras llega la hora
de enumerar los desperfectos
del crepúsculo, sus esquinas opacas,
la lenta ineptitud de la flores marchitas.

El cansancio es también un carrusel vacío.

Manual de infractores, de Caballero Bonald