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Elegía a MP

1. Verano (2012)

            En junio yo estaba contemplando tu río;

yo creía vivir, pero estaba soñando

(a orillas de tu río, entre unos álamos),

sobre el ser que no somos, sobre la mala muerte,

esa que aún permite creer a los humanos

en el don que supone respirar,

en la ebriedad del canto,

en la alianza que establece amor.

            Pasaba el río (lámina de fuego)

y daba su energía a la piedra verdosa,

y la piedra engendraba tiempo eterno.

Pero el milagro de la tarde era

tu palabra en el aire, otro fuego

ya de todos, o acaso una luz

musitada, murmullo en labios del ocaso.

            Como el agua del río, de tu río,

tu palabra era música en las venas

(discurría sin llanto),

tu palabra era brisa de encinar en las sienes.

Y el verso el son del corazón del mundo.

Gromejon-vegaDSC01046

*******

2. Noviembre (2012)

En el camino sin camino

            Nunca te irás de aquí, aunque te hayas ido.

Siempre serás, encina, perdiz,

roble, vid o piedra eterna,

aunque, en apariencia, tu cuerpo

siga en ese camino sin regreso,

siga en ese camino sin camino.

            Aunque te vayas y aunque no regreses,

y sientas muy despacio la asfixia de los años,

tú has sido y serás ese chopo que tiembla

al borde de tu río

y de noche acaricia estrellas.

            Aquí, en esta ladera, con nieve o sin nieve,

está cuanto un día alcanzaste,

por más que el tiempo hoy pase

como el arroyo que murmura lejos,

desgastando rocas, arañando zarzas,

abismado en fuentes.

            Nunca te irás de aquí, aunque te hayas ido.

Siempre serás rumor, vuelo de pájaro

del monte hasta los viñedos,

de la umbría a la luz.

Siempre serás algo más que el racimo rojo

que brilla y que madura

anunciando los atardeceres del otoño.

            Sé que jamás te irás de estos viñedos.

Y que aunque te hayas ido

algo habrás de llevarte de este paraíso

contigo a otra parte.

¿A dónde?

                        No lo sé.

*******

3. Diciembre (2012)

            En diciembre, casi sin desearlo,

me encontré  en La Cortina contemplando

un atardecer que se consumía

-de horizonte a horizonte con

la lentitud de un cálido rescoldo.

            Ahora ya es de noche

y arriba todo es cielo

y abajo todo es mar de tierra parda

y aquí, a mi lado, sólo hay una encina

vieja y negra, enorme y grave.

            ¿Qué podría yo hacer

con esta encina-madre, con esta compañera

de grandes brazos negros, de grandes brazos duros,

con este candelabro de velas apagadas?

¿Comeré de sus frutos más amargos?

Y, si tiendo los brazos, ¿sentiré cómo hiere

su hojarasca de escarcha?

¿Palparé la aspereza de su robusto tronco,

que más parece el lomo

de la bestia de un apocalipsis?

            He venido a cobijarme

bajo la doble noche de la encina

porque era mucho el frío que desprende

el manto de esta tierra tan inmensa.

Me inquietaba también un vuelo de lechuza

en torno de la ruina de un palomar.

(Sospecho que mis ojos pueden ser el aceite

que el ave busca con inquietud

en el centro del páramo.)

            Así que me he quedado a solas y vacío

de cuanto se hace o dice en este mundo,

pero lleno del silencio más blanco

que reinó en la primera noche del planeta.

Los pies ya se han callado

sobre el crujido de la tierra helada.

La boca sólo puede morder la tierra.

Los ojos, húmedos y extraviados,

ya no persiguen constelaciones

y dudan de si son astros o agujas

lo que cae de allá arriba, entre las ramas.

            Con la idea del amor

(ese otro rescoldo que siempre llamea

en el pecho de los soñadores),

me caliento y espero,

voy pasando la noche

hasta que alba o muerte

sellen esta soledad infinita.

                      

  (Textos adaptados de varios poemas de Antonio Colinas)

AGUSTÍN GARCÍA CALVO

Casualidades de la vida pero recuerdo que comenzaba noviembre, como hoy, creo que del año 1976. Llegaba a Madrid desde una ciudad de provincias, Burgos, así se decía entonces, y a la entrada de la facultad había una enorme pancarta de recibimiento a Enrique Tierno Galván, José Luis Aranguren y Agustín García Calvo, nombres totalmente desconocidos para mí. Precisamente hoy, uno de noviembre, me llega la noticia de la muerte de Agustín García Calvo, “el amigo de Heráclito

SOBRE  AGUSTÍN GARCÍA CALVO

–          Editorial Lucina

–          Biografía

–          Entrevista a A. García Calvo

–          Manifiesto de la Comuna Atinacionalista Zamorana

–          Mayo del 68

 

 

La primavera de 1968 en la universidad madrileña fue bastante agitada, y cientos de estudiantes fueron detenidos. La policía utilizaba todos los métodos a su alcance para lograr
identificar a los cabecillas de las manifestaciones y asambleas. Uno de ellos era enviar fotografías a las autoridades universitarias en las que se rodeaban de un círculo a los estudiantes más «peligrosos», solicitando su identificación. Esta fotografía, facilitada por el Archivo General de la UCM, fue tomada en mayo de 1968.

    Esta tarde, cuando declina el verano y la luz anuncia el otoño en la lejanía del paseo, me he visto sorprendido por la tala de los álamos de Los Pradillos. Cuando diariamente a lo largo de décadas realizas el mismo trayecto de casa al trabajo y del trabajo a casa tu retina se va acomodando a lugares simbólicos. Con la monotonía de los viajes diarios vislumbras personas, paisajes, lugares, edificios… “El Argi”,  de mañana, sentado en el murete de piedra de Las Olmas o cavando las patatas del huerto, una arboleda, un espino, un árbol centenario y solitario, una colina con un muro derruido, el campanario de la iglesia… El viaje diario los va modelando, transformando, cambiando ¿o quien se modela, transforma y cambia es nuestra vida? Como todas las mañanas, a la salida del pueblo, desvías tu mirada a un lado u otro de la carretera y el murete y el huerto están vacíos. Un día de febrero en la torre de la iglesia revolotea una pareja de cigüeñas, la arboleda se convierte en un mar de tonos verdes y dorados, el espino en una bola de nieve… Pero la vida es así. Recuerdo cuando hace treinta años desapareció un primer lugar simbólico en los viajes diarios, la iglesia de Santa Merina de Revilla había sido desmontada piedra a piedra, otra tarde, años después, el árbol de Las Varguillas estaba derribado a la orilla de la carretera, la torre sigue en pie, el próximo febrero regresarán las dos parejas de cigüeñas, pero ayer la alameda de Los Pradillos, esa mancha verde a la derecha del camino que lleva a El Caño y que configuraba tus viajes cada regreso del trabajo a casa, había desaparecido. Los álamos blancos de Los Pradillos eran otro de esos lugares simbólicos que como hitos te vas encontrando diariamente durante décadas en tu camino de regreso a casa.

             Esta alameda era un lugar simbólico. Fueron las eras de la infancia, cuando se trillaba la mies. Entonces había un álamo centenario que un día hace unos cuarenta años en casa decidieron cortarlo, bajamos José, el del bar, y yo. El álamo se resistió a caer y atrapó la motosierra. José tiraba de  la motosierra, yo gritaba “déjalo, déjalo”, al fin la máquina venció a la naturaleza y el álamo cayó. Pero no se rindió porque con “las lluvias de abril y el sol de mayo” brotaron numerosos álamos. Años más tarde, decidí “reguillear” los álamos jóvenes. Comencé a podar las ramas más bajas, entresacar allí donde los brotes eran abundantes. Y aquí aparece otro de los personajes de esta historia: Abilio “el de la María”, que me observaba apoyado en su cachaba, a un centenar de metros, rodeado de varios perros y su rebaño de ovejas, de improviso soltó la cachaba y comenzó a correr hacia la alameda. Yo, que me había subido a un álamo para poder cortar las ramas a las que no alcanzaba desde el suelo, al troncharse una rama caí a la pradera y el hacha tras de mí. Abilio se temió lo peor. Fue solamente un susto. Con los años los álamos fueron creciendo. Recientemente, hace tres años, con la concentración parcelaria a la alameda se le asignó un número, el 301 (Zona de Regeneración Medioambiental), quizás por el “remordimiento y la mala conciencia” de haber derribado el álamo centenario me opuse entre mi familia que querían cortar los álamos que ya no iban a ser nuestros pero que quedarían como un entorno natural en el recuerdo. Inmenso error, el número asignado no fue el 301 sino el 300. ¿Diferencia? Los 300 son “propiedad municipal” y como propiedad suya lo han arrendado y se ha talado la alameda.

Miguel Delibes “mantiene como centro de su ideología la atención al hombre, la consideración del individuo por encima de la sociedad y en armonía con el medio natural.” (L. Mateo Díez).

Leyendo a Lucrecio a la sombra de un álamo se entiende por qué los epicúreos fueron tomados en su tiempo por subversivos. Frente a la tiranía de los dioses enarbolaban las leyes de la naturaleza; frente a los terrores de ultratumba proclamaban que el alma desaparecía con la muerte puesto que no era distinta de los sentidos; frente a los crímenes de los políticos y la corrupción de la vida pública se purificaban huyendo al campo para acogerse allí a los deleites sencillos de cada día y con ellos levantaban un bastión inexpugnable. ¿Entienden por qué hablar ahora de pimientos asados en el campo dentro de un silencio de tórtolas es revolucionario? Lo mismo les sucedía a los epicúreos. El deterioro de la vida pública es tan profundo que uno debe volver a armarse moralmente desde la naturaleza, allí donde las ovejas escarban en busca de raíces. Leyendo a Lucrecio debajo de un álamo blanco puede uno comenzar a redimirse de la suciedad que la ciénaga política le ha dejado en el cerebro la última temporada ejerciendo ahora el pequeño placer de los sentidos. (Manuel Vicent).

 Quizás estemos, también nosotros, “viviendo en la alameda de “los sueños rotos”

He vuelto a ver los álamos dorados,

álamos del camino en la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio,

tras las murallas viejas

de Soria—barbacana

hacia Aragón, en castellana tierra—.

  Estos chopos del río, que acompañan

con el sonido de sus hojas secas

el son del agua cuando el viento sopla,

tienen en sus cortezas

grabadas iniciales que son nombres

de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor, que ayer tuvisteis

de ruiseñores vuestras ramas llenas;

álamos que seréis mañana liras

del viento perfumado en primavera;

álamos del amor cerca del agua

que corre y pasa y sueña,

álamos de las márgenes del Duero,

conmigo vais, mi corazón os lleva!

(Antonio Machado)

AL OTOÑO (1)

Estación de fecundas sazones, colaboradora íntima de un sol que ya madura, conspirando con él cómo llenar de fruto y bendecir las viñas…

…encorvar con manzanas los árboles del huerto y colmar todo fruto de madurez profunda

…y engordas avellanas con un dulce interior

…y los corderos balan allá por las colinas

 

…y el petirrojo con dulce voz de tiple silba en alguna huerta

 

ODA AL OTOÑO (John Keats)

Estación de las nieblas y fecundas sazones,

colaboradora íntima de un sol que ya madura,

conspirando con él cómo llenar de fruto

y bendecir las viñas que corren por las bardas,

encorvar con manzanas los árboles del huerto

y colmar todo fruto de madurez profunda;

la calabaza hinchas y engordas avellanas

con un dulce interior; haces brotar tardías

y numerosas flores hasta que las abejas

los días calurosos creen interminables

pues rebosa el estío de sus celdas viscosas.

¿Quién no te ha visto en medio de tus bienes?

Quienquiera que te busque ha de encontrarte

sentada con descuido en un granero

aventado el cabello dulcemente,

o en surco no segado sumida en hondo sueño

aspirando amapolas, mientras tu hoz respeta

la próxima gavilla de entrelazadas flores;

o te mantienes firme como una espigadora

cargada la cabeza al cruzar un arroyo,

o al lado de un lagar con paciente mirada

ves rezumar la última sidra hora tras hora.

¿En dónde con sus cantos está la primavera?

No pienses más en ellos sino en tu propia música.

Cuando el día entre nubes desmaya floreciendo

y tiñe los rastrojos de un matiz rosado,

cual lastimero coro los mosquitos se quejan

en los sauces del río, alzados, descendiendo

conforme el leve viento se reaviva o muere;

y los corderos balan allá por las colinas,

los grillos en el seto cantan, y el petirrojo

con dulce voz de tiple silba en alguna huerta

y trinan por los cielos bandos de golondrinas.

Un carrusel vacío

El cansancio colinda con los números
pares, se parece a un penacho
de pétalos y espumas, de sucias algas glaucas
flotando en las orillas
tornadizas del tedio. El cansancio es un pozo
de lana y tafetán, un vestido de fiesta
colgado de la percha de la noche,
un pájaro cautivo, un libro vano,
el desenlace hostil de algunos sueños.

Todo concuerda ya con el cansancio
mientras llega la hora
de enumerar los desperfectos
del crepúsculo, sus esquinas opacas,
la lenta ineptitud de la flores marchitas.

El cansancio es también un carrusel vacío.

Manual de infractores, de Caballero Bonald

Resolución de ser feliz
por encima de todo, contra todos
y contra mí, de nuevo
-por encima de todo, ser feliz-
vuelvo a tomar esa resolución.

Pero más que el propósito de enmienda
dura el dolor del corazón. (Jaime Gil de Biedma)

Era en Numancia, al tiempo que declina
la tarde del agosto augusto y lento,
Numancia del silencio y de la ruina,
alma de libertad, trono del viento.

La luz se hacía por momentos mina
de transparencia y desvanecimiento,
diafanidad de ausencia vespertina,
esperanza, esperanza del portento.

Súbito ¿dónde? un pájaro sin lira,
sin rama, sin atril, canta, delira,
flota en la cima de su fiebre aguda.

Vivo latir de Dios nos goteaba,
risa y charla de Dios, libre y desnuda.
Y el pájaro, sabiéndolo, cantaba…

(Gerardo Diego: Revelación)

Era en Numancia, al tiempo que declina/ la tarde del agosto augusto y lento,

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