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Posts Tagged ‘Delibes’

Está visto que mi modesto homenaje a Miguel Delibes se basa en servir de soporte a las ideas de los demás desde este blog. Lo digo porque ahora me llega un correo en el que se me dice ” Te adjunto un archivo para, si lo consideras oportuno, adjuntarlo al blog”, así que accedo a la petición aunque tenga que “pisarme” mi post, que encabezaba el blog.

Sabíamos, hace tiempo ya, que a Miguel Delibes le había salido La hoja roja del librillo del papel de liar los cigarrillos. A él, que tanto había pegado la hebra en sus diálogos cercanos y personales, podría parecer que le han cortado la hebra de la vida. Lo lógico sería que quienes le admirábamos les escribiéramos una elegía. Podríamos comenzar, en pura paráfrasis a Miguel Hernández, diciendo: “En Castilla, tu tierra y la mía, nos ha dejado Miguel Delibes…”. Pero me sospecho que a este castellano universal de pro no le agradaría. Y no soy yo quien le contradiga.

Por ello, mejor que un canto laudatorio triste, una elegía, te haga llegar una “eucaristía”; esto es, una acción de gracias, pues te la mereces, amigo incógnito y maestro sencillo. Qué mejor despedida que decirte: ¡gracias! En honor a tu trayectoria, vaya una acción de gracias (una “eucaristía”) como signo de bendición.

Hay fotografías que no necesitan un mundo y que ni siquiera hacen falta verlas veinte minutos para comprenderlas en este país; tampoco es necesario preguntar al público, aunque algunos deban esforzarse por usar un abc como criterio de lo elemental. Tú no te vendiste a nadie ni quisiste ser famoso entre los medios y la política. Antaño dijiste que tu epitafio fuera: “acertó a pintar a Castilla”. En los momentos más inmediatos sólo querías que se te recordara como “buena gente”. Y lo has conseguido entre la multitud anónima y fidedigna del pueblo; y hasta los políticos de diverso signo (prácticamente todos) te han alabado. Perdóname, pero de mayor, a mí me gustaría ser como tú: sincero y a la par –muy a la par, supongo– discreto.

Tu carácter enjuto y seco, hasta que los galenos deformaran tu austeridad vital, nos ha mostrado una persona, un paisaje, un paisanaje y una pasión. Tu amplia y bella obra nos lo ha evidenciado, y nos quedará como memoria viva. Los críticos literarios dan fe de ello. Sin embargo, yo prefiero quedarme con tu persona y tu pasión por las personas y la naturaleza que nos has mostrado en todo tu vivir y escribir.

Unos hablan de caza, otros de narrativa; los hay que recuerdan tu trayectoria periodística que integró a los más diversos y dispares discípulos en torno al Norte de Castilla. Y que te llevó, aquel año de 1963, a “abandonar” (que eufemistas son las dictaduras) El Norte de Castilla por razones inconfesadas, pero poco aireadas, de un hombre sincero consigo mismo a favor de la libertad y la pluralidad.

Hoy, con cierto rubor confidencial, me atrevo a contar dos anécdotas. Seguro que tú no las recuerdas; tampoco te culpo. La primera es que tuve la suerte de celebrar contigo una eucaristía en Covanera. Como siempre, tú con los tuyos, tu entrañable familia, fuisteis allí un domingo cualquiera estando en Sedano. Con discreción, entrasteis comenzada y os fuisteis nada más acabar; no os quedasteis ni para saludar al cura, que incluso aludió de modo muy remoto a alguna idea bastante arraigada en vuestro corazón. La segunda, de forma casi anónima, es que te envié una carta, porque entonces estaba intentando hacer un trabajo de investigación sobre la religiosidad popular castellana en tu obra. Aún guardo tu contestación, breve y enjundiosa, de puño y letra, animándome a ello y ofreciéndote a ayudar en lo que hiciera falta.

Tú siempre pusiste tu vida a favor del humanismo (cristiano). Para algunos, un poco pánfilos, tus obras sólo son narraciones de la Castilla de antaño. No se dan cuenta que con ello querías sacar del abandono a una humanidad (castellano-universal), pródiga de nuevos valores. Tu pluma y tu palabra salieron en nombre de la libertad, en defensa de los más desfavorecidos, de los niños y adolescentes olvidaos, de las mujeres orilladas… y siempre sin movérsete un pelo, y desde la comprensión y la tolerancia. Eran Viejas historias de Castilla la Vieja donde se contaban las Guerras de nuestros antepasados, pero que tenían y siguen teniendo su qué.

Hoy, atacado un poco por el catarro me gustaría poder ver, reconozco que es más cómodo que la lectura pausada y placentera, la película del Disputado voto del Señor Cayo. Y no sé si la fiebre me ataca en exceso, pero aún me agradaría más que la vieran y asimilaran –porque no creo que la lean– aquellos politicuchos de tres al cuarto que quieren seguir mangoneando caciquilmente nuestros pueblos, que “harberlos haílos”, aunque gracias a Dios los menos. Y todo ello lo orientabas desde una perspectiva realista y armoniosa con la naturaleza. Ojalá aciertes, porque si no también yo tendré que decir: “que paren la tierra, que quiero apearme”.

Una vez ya con La Mortaja seguro que estás disfrutando del Último coto. Como habías escrito, “si la muerte es inevitable, ¿no habrá sido preferible así?”. Tú lo sabías hace tiempo, y hasta lo deseabas y esperabas porque sabías mucho de la vida. Seguro que tu anhelo se ha colmado. Has vivido la fe del carbonero (como tantas veces decías), has caminado en tu biografía con una profunda humanidad. Aunque también es verdad que te resultó casi insoportable la partida de Ángeles, tu amiga, tu amante, tu amada, tu esposa, a quién escribías las Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso y que retrataste lleno de ternura como Una Señora de rojo sobre fondo gris. Apenas entiendo de arte, pero –como alguien ha señalado– ojalá la fusión entre el rojo y el gris os conceda en la nueva creación un azul celeste muy intenso y para siempre.

Por todo ello, para ti esta eucaristía desde Quintana del Pidio, villa muy cercana a la Granja de Ventosilla, donde tantas veces viniste a disfrutar. D. Miguel Delibes, admirado e incógnito amigo y profundo maestro de humanidad: ¡muchas gracias!

ROBERTO C. P.

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Llevaba unos días dando vueltas a un texto que quería escribir sobre los palomares y recordé el libro de Delibes Castilla habla. Lo consulté y efectivamente, Delibes tenía un artículo sobre estas construcciones tan vinculadas, en otros tiempos, a la vida rural de Castilla. La noticia de su muerte me ha hecho cambiar de idea y la lectura del siguiente texto en el diario ABC la considero más adecuada para esta ocasión.
“Yo no puedo ver un roble sin acordarme de Miguel Delibes. Como si sus palabras se hubieran quedado grabadas en la corteza de mi pensamiento, no he podido olvidar lo que me dijo: “Sin los robles, nos moriríamos”.
Desde entonces, los robles son mis árboles más queridos. En realidad, las especies valen todas lo mismo, pero la especie sobre la que alguien pone una vez sus ojos, para luego hablar de ella de una manera inolvidable, o la describe para los demás en letras de molde: aulaga, perdiz, azulón, engañapastores, robles, adquieren, por haber sido dichas de verdad, un valor incalculable.
(Imagen tomada del diario ABC)
Puede que esa verdad sea lo más valioso de la Naturaleza. Quiero decir que la Naturaleza no valdría nada si nadie se fijara en ella, si no existieran personas que al estar en el campo tomaron nota con el alma y el pensamiento. El científico, que cree saberlo todo, se queda, aunque no lo sepa, en la superficie. En realidad, no se entera del todo. Le falta la literatura de la Naturaleza. Puede que esa literatura, de la que Miguel Delibes es maestro, sea aún más científica porque consigue aprehender lo que a otros, por mucho que estudien o que pasen horas contemplando el paisaje, se les escapa. Es como si el alma viniera ya así al mundo, con el encargo de apuntar lo que existe, lo que es verdad, lo que merece la pena, para que no se vaya todo del todo. Lejos de ser un don, es una dulce condena, una vida sacrificada a tomar nota de la vida. Por eso, con Miguel Delibes, todos estamos en deuda.”(Texto de: MÓNICA FERNÁNDEZ-ACEYTUNO)

Roble centenario en Olmedo (Quintana del Pidio)

Fotogalería: La vida de Miguel Delibes, en imágenes

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