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EL RÍO DE MI PUEBLO

EL TAJO es más bello que el río que corre por mi pueblo

Pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi pueblo

Porque el Tajo no es el río que corre por mi pueblo.

El Tajo tiene grandes barcos

Y navega en él todavía,

Para aquellos que ven en todo lo que allá no está,

La memoria de las naves.

El Tajo desciende de España

Y el Tajo entra en el mar en Portugal.

Eso todos lo sabemos.

Pero pocos saben cuál es el río de mi pueblo

Y hacia adonde va

Y de dónde viene.

Y por eso, porque pertenece a menos gente,

Es más libre y más ancho el río de mi pueblo.

Por el Tajo se va al Mundo.

Más allá del Tajo está América

Y la fortuna para los que la encuentran.

Nadie pensó nunca en lo que hay más allá

Del río de mi pueblo.

El río de mi pueblo no hace pensar en nada.

Quien está a su orilla sólo está a su orilla.

 (FERNANDO PESSOA. Alberto Caeiro, El guardador de rebaños)

Pero pocos saben cuál es el río de mi pueblo

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Finalizaba mayo. Al atardecer tomé el camino viejo que lleva de Quintana del Pidio a Aranda de Duero. Los arroyos, cubiertos de maleza, recorren y se bifurcan entre los campos de cereal. Chopos centenarios con su corteza gris y cuarteada. Pequeños huertecillos por los que discurre el agua.

Una vez que se cruza el puente sobre el río Gromejón, a escasos metros, sobre una colina, en la vega del río, se encuentran diseminadas las ruinas del despoblado y aldea de Santa Marina de Revilla.

A medida que se asciende por la ladera del cerrillo, las entradas arqueadas de las bodegas derruidas del poblado, cubiertas y semiocultas por la maleza vegetal, desde su fondo oscuro, te observan sombrías y siniestras.

Ya desde arriba, en la colina, un paisaje de ruinas y desolación recorre el despoblado. La iglesia reducida a un único paredón en el que anida una pareja de cigüeñas. Los muros de piedra desmoronados de las que fueran las casas de los últimos moradores de la aldea. Las calles del poblado difícilmente perceptibles. Desde las riberas del Gromejón me llega el canto bisbiseante y persistente del cuco. Y hacia el este, otras ruinas, no menos significativas, envueltas entre la vegetación primaveral de chopos y frutales abandonados, las del molino de los Abades.

...sobre una colina, en la vega del río, se encuentran diseminadas las ruinas del despoblado y aldea de Santa Marina de Revilla.

...otras ruinas, no menos significativas, envueltas entre la vegetación primaveral de chopos y frutales abandonados, las del molino de los Abades.

……………………………..

En la colina, sentado en una de las piedras desmoronadas, me inunda un rumor misterioso y profundo.
Son las piedras de Santa Marina de Revilla.
Son las piedras de la aldea despoblada.
Piedras de pajares y corrales,
bodegas y establos,
de la iglesia y los hogares.
Se refugia el silencio entre estas piedras.
El rumor del silencio crece y me lleva hacia recuerdos de la niñez.
El misterio del pasado recorre cada rincón de estas ruinas.
Mis ojos las contemplan sin encontrar alivio en esta tarde perfumada de mayo cuando sientes que tan sólo serán estas piedras quienes perdurarán.

He visto atardecer
de oro y luz, estos campos en otoño,
de verde, las alamedas y los salces de las riberas del Gromejón en primavera,
de azul, el cielo rasgado por el azor o las cigüeñas.
Y, esta tarde, los ocres y los líquenes, que el tiempo acumuló, anidan en cada hueco de estas piedras y muerden los muros roídos por los hielos
y duele el silencio entre tanta ruina
y hiere la paz entre tanta piedra
y te inunda una honda desolación.
Cumbre de eternidad,
cerro de dolor,
tapias derruidas,
tapias cansadas.

Atardece mayo,
en la lejanía tembletean las hojas de los chopos,
el cierzo suave mece y ondula los campos de cereal,
canta una alondra,
rebaños difuminados en el ocaso,
el sol, con sus últimos rayos, corona de luz y fuego las ruinas del cerro sagrado.
Mis ojos surcan lentamente la vega del Gromejón mientras la pupila se impregna de vides y campos de cereal.
Y hoy, que me vuelvo a reencontrar contigo en esta tarde.
Mientras reposo en tus laderas, escucho entre tus piedras rumores de mi niñez.
Es una sinfonía extraña la que regresa y discurre por el cauce remoto de mi ser.
De las calles ya borradas de la aldea y entre el silencio de las piedras me llegan lejanos rumores de tu humilde historia:
rumores campesinos de ovejas y de cabras,
ladran los perros,
llora un niño,
saluda un labriego,
murmura una anciana,
crepita la hojarasca oxidada en el hogar,
se extinguen los rescoldos de la encina.

Ya, tan sólo, un muro de la iglesia corona el cielo,
desde su altura vence al viento,
desafía al tiempo.
Y entre sus grietas brota el olor del incienso,
y duerme, incrustado, entre piedras y argamasa,
un rumor de monótonos rezos
y tañidos de campanas.
Y yo aquí, en esta tarde, diluyéndome entre todos tus sueños destrozados.

Una vez que se cruza el puente sobre el río Gromejón

La iglesia reducida a un único paredón en el que anida una pareja de cigüeñas

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Quiero iniciar este blog sobre los ¿susurros?, ¿sonidos?, ¿reflexiones?, ¿recuerdos?, ¿nostalgias?… del Gromejón y sus riberas con el título tan lírico y sugestivo que debo a mi gran amigo Jacobo: Rafael Alberti: de mar a mar entre vino y poesía. Con esta primera entrada del blog y con el párrafo que inserto más abajo iniciaba Jacobo un trabajo sobre el paso de Rafael Alberti por las riberas del Duero, del Gromejón y tierras de Castilla camino y viaje hacia el mar del norte. Trabajo que no llegamos a finalizar, pero que mantenemos pendiente.

En efecto, como escribía Jacobo:

“Rafael Alberti, en el verano de 1925 acompaña a su hermano Agustín, corredor de vinos, en un viaje que le va a llevar por tierras de Castilla hasta el otro Mar, el Cantábrico. En su corazón lleva otro mar, otra luz, otros sonidos, otros aromas. De su viaje surgen poemas como pequeños tesoros que se encuentra a su paso, porque ahí están para quien sepa descubrirlos, pero ya se sabe, muchos son los llamados y pocos los elegidos ¿Qué pasa en la cabeza de un poeta? Cuantas veces habré hecho el mismo trayecto desde Aranda hasta mi tierra, a orillas del Mar Cantábrico y siempre me parece fascinante”.

A su paso por el páramo, con la retina clavada en la vega del Gromejón, de camino de Gumiel de Izán a Gumiel del Mercado, arriba, en Las Cuatro Carreteras como lo denominamos en Quintana del Pidio, arropado por encinas y robles, Alberti, se fijó en un árbol más sencillo, en el chopo, en el álamo. Chopos de la orilla de la carretera que la han bordeado hasta no hace muchos años. Su paso por estos parajes de Quintana le sugirió a Rafael Alberti el siguiente poema:

De Gumiel de Izán

a Gumiel de Mercado

Debajo del chopo, amante,

debajo del chopo, no.

Al pie del álamo, sí,

del álamo blanco y verde.

Hoja blanca tú,

esmeralda yo.

Treinta y cinco años después, con la publicación de sus memorias, La arboleda perdida, Alberti volvería a recordar este viaje de juventud con estas palabras:

“Andaba yo en vísperas de viaje. En el automovilillo de mi hermano recorrería Castilla la Vieja. Agustín, buen chófer, y yo seríamos sus únicos ocupantes (…). Un amanecer, por fin, salí del corazón de la meseta castellana con mi hermano. Iba a empezar mi segundo libro. De canciones también. En mi cuadernillo de viaje ya estaba escrito el título. La amante. ¿Quién era la que con ese nombre iba yo a pasear por tierras de Castilla hasta el Cantábrico, el otro mar, el del norte, que aún no conocía? Alguien -bella amiga lejana- de reposo guadarrameño. Todavía el marinero en tierra era quien se lanzaba a recorrer llanos, montes, ríos y pueblos desconocidos…) (Rafael Alberti, La arboleda perdida).

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