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Posts Tagged ‘Avelino Hernández’

Después de comer, las mujeres se dedican a limpiar la cocina y ordenar los utensilios varios que están por todas partes. Sin embargo, la gran labor de la tarde del primer día de matanzas es hacer las morcillas; durante la mañana ya se habían ido realizando diversos preparativos, pero es ahora cuando se comienza a hacer un refrito con manteca y con cebolla picada, al tiempo que el arroz, que se había cocido, se reservaba tapado con un trapo mientras se enfriaba. Después se mezclaba todo ello, se añadía sal, pimienta, canela, clavo y cominos, además de la sangre que se había reservado por la mañana batida con sopas de pan, de esta tarea se encargaba la mujer de la casa que con mano certera dosificaba a ojo todos los ingredientes. Luego comenzaba a amorcillarse, las tripas ya se habían preparado previamente (se cortaban en trozos, se cosían por un extremo y se cocían en agua con sal), se iban llenando las tripas con toda la mezcla y en una gran caldera de cobre, alimentada por una buena chasquera de leña que hace hervir el agua, se van pinchando con una aguja y echando a la caldera las morcillas, con una cucharrena se va retirando la espuma espesa que flota en la superficie y el agua que borbollonea constantemente va tomando un color negruzco y un fuerte olor a especias, es el calducho.

La excelencia de las morcillas ya la cantaba don Luis de Góngora en el siglo XVII:

Coma en dorada vajilla

el Príncipe mil cuidados,

como píldoras dorados;

que yo en mi pobre mesilla

quiero más a una morcilla

que en el asador reviente,

y ríase la gente.


Sobre la morcilla de Burgos, aquí, en la Ribera del Duero, son muchas las variedades y diferencias locales. Pero si dejamos de lado el meollo de la elaboración y las proporciones de arroz, cebolla y  de especias, hay algo que en una matanza casera es fundamental: cocer las morcillas. Según mi madre las morcillas deben cocerse de un modo peculiar, así que, desde sus recuerdos en casa de su abuela, hemos recuperado la tradición esta temporada matancera y en un largo fin de semana, con frío y nieve, de este mes de diciembre, hemos puesto en práctica la receta para cocer las morcillas según se hacía en casa de su abuela:

  • Poner a hervir el agua en la caldera de cobre de la bisabuela Petra.

  • Cuando comience a hervir el agua depositar con sumo cuidado las morcillas.

  • Evitar que hierva el agua ¿cómo? Aquí está el secreto: con hojas de berza de asa de cántaro remover lentamente y sin pausa el agua de la caldera. Y si las grandes hojas de la berza de asa de cántaro están heladas (en esta ocasión el día acompañó) el resultado será óptimo e insuperable y la “añada” de las morcillas excelente.

Evitar que hierva el agua ¿cómo? Aquí está el secreto: con hojas de berza de asa de cántaro...

Al anochecer comenzaba el reparto de los platos, pequeñas raciones con los primeros productos derivados del cochino: hígado envuelto con un trozo fino de la tela del cochino, papada, sangre, morcilla y una cazuela de calducho. Llevar el plato era una costumbre en el pueblo, un deber recíproco que se mantenía entre el círculo de familias campesinas, también se acostumbraba a llevar el plato al cura y al maestro. Los niños éramos los encargados de esta tarea que realizábamos con agrado, pues siempre se obtenía una pequeña compensación económica que variaba desde la perra gorda a los dos reales de agujero.

Por la noche tenía lugar la gran celebración de la matanza del cochino, si a la comida ya se habían degustado los primeros productos del animal, por la noche todo se incrementa, tanto por el número de productos como de personas. A la cena acuden más invitados, sobre todo hombres que durante el día han estado labrando o cultivando las tierras. Se cena sopas de calducho, morcilla frita, hígado, papadas y sangre, además se asan el morcón y el cuajo, todo ello en abundancia, que nadie se quede con hambre, y bien regado con el clarete de la mejor cuba, mientras el porrón pasa de mano en mano sin descanso, por lo que dudo mucho que San Antón fuera un “buen santo” como dice la copla («San Antón es un buen santo/, santo que no bebe vino»), pues difícilmente se podrían disfrutar y digerir las delicias del cerdo sin unos buenos tragos, y no faltaba quien entonara algunas coplillas como las que aún se cantan en el pueblo:

Cochino no matar

torrendos no comer,

el que no mate cochino

se puede tirar al tren.

El que tiene un cochino

quiere tener dos,

de catorce arrobas

mejor que de dos.

El de los cuarenta

quiere los cincuenta

y el de los cincuenta

quiere tener cien.

Con buenos chorizos

y buenos torrendos

que bien vivo yo.

El que no pueda untar

que putas las va a pasar

al almorzar y al merendar.

(Versión de José Guzmán y Angel María Hernando)


O esta otra que se canta en Fresnillo de las Dueñas:

San Antón perdió el cochino,

San Roque la calabaza

y tú perderás el moño,

serrana, si no te casas.

San Antón tenía un cochino,

le daba sopas con vino

y su padre le decía:

“no seas tan borrachito”


EL CALDO DE LAS MORCILLAS

Hicieron la Matanza unas semanas después.
Era como una Fiesta.
Aquel año mataron tres Cochinos. Pero mientras los mataban, como chillaban mucho, Silvestrito y unos Primos que habían venido a la Matanza no fueron a verlo.
Después sí. Después ayudaron a los Hombres a quemarles con paja ardiendo los pelos y la piel a los cochinos.
Entonces las Mujeres lavaron las tripas. Y prepararon la carne, la sangre, el pan, la cebolla, el arroz , las especias y las pasas para hacer el chorizo y las morcillas.
Después de comer, los Mayores mandaron a los Chicos a jugar y a darse dindones en un columpio que les pusieron.
Hasta que por la noche llegó la hora de hacer las morcillas.
Se cocían en unas calderas grandes, de cobre, que se ponían en la lumbre. Y se les daba vueltas con una cuchara también grande de madera.
Las morcillas cocidas se sacaban con una espumadera, que era como un cazo lleno de agujeros.
Y entonces quedaba el caldo de las morcillas.
El caldo de las morcillas, que era muy bueno, se les daba a los Familiares y a los Amigos como un regalo. Los Chicos lo llevaban a las Casas en unos pucheros.
Y dijo Silvestrito:
_ Yo quiero llevárselo a la Vecina. La Vecina era aquella Mujer que en Verano iba a espigar porque era pobre, ¿os acordáis?
_ Que tenga usted _dijo Silvestrito cuando le abrió la puerta_. Es que hemos hecho la Matanza.
_ Muchas gracias por acordarte de mí, Silvestrito.
_Y es que además dentro de unos días me voy a estudiar, ¿sabe? Es como despedirme.

(Avelino Hernández, Silvestrito)

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Hoy, jueves, veintidós de julio, se cumplen siete años de la muerte de Avelino Hernández.  Cuando en el mes de agosto del 2003 iniciamos las primeras jornadas culturales de Cuadernos del Salegar pensamos que una forma de homenajear y, sobre todo, de recordar a Avelino, pudiera ser la de dar el nombre de este escritor soriano a aquellas primeras jornadas. De agosto del 2003 y de las primeras jornadas recupero el texto que sirvió como presentación a aquellas jornadas y como recuerdo de Avelino.

PALABRAS REUNIDAS PARA AVELINO HERNÁNDEZ

(Texto leído en las Primeras Jornadas Culturales de Cuadernos del Salegar, en Quintana del Pidio-Burgos, Agosto del 2003)

Para Avelino Hernández lo importante era la vida y lo más importante de la vida, el amor. Avelino era un buceador incansable. Buscaba vida dentro de la vida y cualquier manifestación de ella le interesaba y por ello a todos sus amigos nos gustaba estar a su lado, era difícil que su amistad se limitara a un solo miembro de la familia, cuando Avelino se acercaba a una persona acababa siendo amigo de todo su entorno, por ello cuando le conocí, no en Castilla sino en La Mancha, hace seis años supe que tenía que traerlo a Quintana. En encuentros sucesivos, nunca se lo dije, pero aprovechando una visita a Aranda, en mayo del año pasado, para charlar con unos jóvenes de 16 y 17 años que habían leído uno de sus libros, le impuse que la comida tenía que ser en Quintana y no en Aranda, él se mostró encantado, amaba los pueblos y sus gentes, y cuando llegó a Quintana se interesó por igual de padres, hijos, abuelos y nietos, todos captaban su interés y la importancia que a cada uno otorgaba le era correspondida con una admiración y cariño sin límites.

Y ahora que te recordamos, hace poco más de un año exactamente, recuerdo que me decías “volveré a Quintana con más tiempo, quiero pasear por sus calles y sus tierras, quiero conversar con sus gentes” Pues ya ves, nos hemos tenido que reunir sin ti y cuando te comenté la posibilidad de volver a encontrarnos a finales de febrero pasado me decías:

–         Vais a tener que reunirnos sin mí. He suspendido un viaje a  Quintana y a Soria en la que iba a echar el tejado en la casa de mis padres para que durara 250 años más y es que como es bien sabido los dioses son celosos y han decidido castigar tanta soberbia endosándome un cáncer en el riñón derecho que ya anda con metástasis en el hígado y no sé dónde más. Total que mañana me encierro conmigo mismo –y con Tere-, con una inyección de interferón a ver si al cabo de tres meses de hacerme polvo consigo haberle ganado algo de terreno; mucho parece que no va a ser  posible porque estadísticamente dicen los médicos que es irreversible.

Y entonces, pensamos que ésta era una de esas veces en las que se equivocan los médicos. Pero no. No se equivocaron.

Y esta noche, aquí en Quintana, te recordamos y recordamos que atrás queda tu paso por las calles de este pueblo, y atrás queda tu obra, pero sobre todo atrás queda tu forma de ser y tu recuerdo, atrás Soria, los pueblos de Castilla, Quintana entre ellos, atrás tu refugio perdido en la sierra de Gredos hacia donde te fuiste tras la última tarde aquí en Quintana y atrás los últimos años en Mallorca. Ahora solamente nos queda seguir tus consejos, hacerte caso y tener siempre presente que lo importante es vivir, aunque sea más jodido sin tu presencia, pero ten seguro que aunque nos cueste lo intentaremos.

Y para finalizar quiero recordarte dando unos de tus consejos a esta gente que esta noche te recuerda:

Si cayeras por estas tierras:

  • Vuélvete a mirar atrás, desde el recodo de la cuesta, al marcharte de un pueblo hecho en valle, en cerro o en ladera.
  • Toma cuanto jamón, chorizo y pan de hogaza te ofrecieren. Y bebe en todas las fuentes.
  • Escucha la codorniz y la calandria en primavera, los tordos en otoño, el cierzo si es invierno y las esquilas y el balar de los rebaños en cualquier lugar y tiempo.

De una entrevista a Avelino extraigo el siguiente texto:

“No queremos acabar este pequeño homenaje póstumo a Avelino, sin mencionar una de las dos publicaciones que nos ha enviado Teresa, “El septiembre de nuestros jardines”. (…) hemos encontrado “Un poema de amor”, Lleva fecha 20 de mayo de 2002. Ignoramos si ya le habían diagnosticado, y pensamos que sí, porque todo él está impregnado de despedida, un adiós trémulo y firme a la vez, de una gran belleza,  naturalmente triste, a veces desesperado” (Isabel Goig Soler)

Personalmente, como indicaba más arriba, recuerdo que Avelino y Teresa estuvieron con nosotros comiendo en Quintana en mayo del 2002. Al final de la tarde, Teresa estaba nerviosa, quería emprender el viaje cuanto antes porque se iban para su refugio en Gredos y, según me comentó, porque estaban pendientes de unos análisis médicos, yo no lo di más importancia. Aunque ahora no recuerdo el día exacto, tendría que consultar archivos del IES donde impartió su charla, por la fecha del poema me atrevería a asegurar que fue pocos días antes del veinte de mayo que figura en el siguiente poema:

Me querías sentado en las barcas de los pescadores.

Yo te miraba colocar el trípode.

Treinta y dos años juntos y no he sabido

componer la imagen

que te diga, mirándote, cómo te quiero.

Y ahora tengo que irme y ya no hay tiempo.

(Mirarte)

Estaba atardeciendo.

Bajaba el sol a acostarse en Miramar.

Yo sentado en la proa,

tú en el timón, desnuda.

¿Y no ha de haber ya más navegar así,

de la mano,

solos, libres,

juntos,

en el balanceo constante del llaüt sobre las olas?

¡Volad, gaviotas! Os devuelvo el mar.

(Adiós al mar)

(En Cuadernos del Salegar publicamos el siguiente texto que Avelino nos envío para la sección de Castellanoandantes):

AVELINO HERNÁNDEZ

Envío

Mientras se apaga el crepúsculo a mi espalda…
Te escribo esta nota… amigo.
Se recoge ya a su intimidad callada en esta hora [el río GROMEJÓN];
que toda esta tarde ha estado desnudo, abierto a la luz
y a mi mirar desde la brisa y los pinos…
Sé que en esta misma hora tú estarás
dando de mano una jornada más en la hermosa tarea
que te has impuesto: levantar la casa de tus padres
en este corazón tan viejo de CASTILLA.
Y recuerdo cuántas veces, en días de encrucijada,
me has evocado el sabor antiguo de los nuestros:
“Grulla: a tu tierra; aunque sea en una pata”
Puede que no te falte razón.
Hoy, ahora, cuando inadvertidamente la noche
ha descendido una vez más a posarse sobre ella,
te escribo esta nota.
Quiero que acompañe la entrega de esta gavilla de páginas
compuestas al rebusco entre mis textos viejos.
No sé si su preparación ha sido un quehacer de nostalgia
o una voluntad renovada de canto.
Sólo quisiera haber acertado a transmitir en ellas
el pálpito de una CASTILLA gozosa, viva, nuestra…
Tan diversa de la que otros, antes, estéticamente exaltaron;
o crudamente plañieron.
Léelas en tu paz…y en el gozo sosegado (allí donde te encuentres)
y recuérdame -recuérdanos- cuando oigas el cantar agridulce
de las torcaces en la enramada.

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¿Qué relación existe entre la morfología del sintagma nominal y la amistad? Posiblemente ninguna, pero la realización de una actividad educativa me llevó a la búsqueda de un texto en la obra Mientras cenan con nosotros los amigos, de Avelino Hernández, y en esta obra descubrí un pensamiento de Epicuro… y horas después, en una insufrible e insoportable espera a la que te llevan las citas médica, la lectura de un poema de Antonio Colinas, “De repente, aquél 68” me condujeron, aunque “no podemos desarmarnos de golpe la memoria”, al pasado fin de semana en el que  estuve comiendo con dos buenos amigos. Desde hacía bastante tiempo que no nos reencontrábamos en un momento así.

De los bienes que la sabiduría procura para la felicidad de una vida entera, el mayor con mucho es la adquisición de la amistad. (Epicuro)

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