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Posts Tagged ‘robles’

Llevaba unos días dando vueltas a un texto que quería escribir sobre los palomares y recordé el libro de Delibes Castilla habla. Lo consulté y efectivamente, Delibes tenía un artículo sobre estas construcciones tan vinculadas, en otros tiempos, a la vida rural de Castilla. La noticia de su muerte me ha hecho cambiar de idea y la lectura del siguiente texto en el diario ABC la considero más adecuada para esta ocasión.
“Yo no puedo ver un roble sin acordarme de Miguel Delibes. Como si sus palabras se hubieran quedado grabadas en la corteza de mi pensamiento, no he podido olvidar lo que me dijo: “Sin los robles, nos moriríamos”.
Desde entonces, los robles son mis árboles más queridos. En realidad, las especies valen todas lo mismo, pero la especie sobre la que alguien pone una vez sus ojos, para luego hablar de ella de una manera inolvidable, o la describe para los demás en letras de molde: aulaga, perdiz, azulón, engañapastores, robles, adquieren, por haber sido dichas de verdad, un valor incalculable.
(Imagen tomada del diario ABC)
Puede que esa verdad sea lo más valioso de la Naturaleza. Quiero decir que la Naturaleza no valdría nada si nadie se fijara en ella, si no existieran personas que al estar en el campo tomaron nota con el alma y el pensamiento. El científico, que cree saberlo todo, se queda, aunque no lo sepa, en la superficie. En realidad, no se entera del todo. Le falta la literatura de la Naturaleza. Puede que esa literatura, de la que Miguel Delibes es maestro, sea aún más científica porque consigue aprehender lo que a otros, por mucho que estudien o que pasen horas contemplando el paisaje, se les escapa. Es como si el alma viniera ya así al mundo, con el encargo de apuntar lo que existe, lo que es verdad, lo que merece la pena, para que no se vaya todo del todo. Lejos de ser un don, es una dulce condena, una vida sacrificada a tomar nota de la vida. Por eso, con Miguel Delibes, todos estamos en deuda.”(Texto de: MÓNICA FERNÁNDEZ-ACEYTUNO)

Roble centenario en Olmedo (Quintana del Pidio)

Fotogalería: La vida de Miguel Delibes, en imágenes

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Los temas carnavalescos me impidieron que esta entrada del blog se publicara en la fecha adecuada. El viernes 12 y el sábado 13 de febrero, al atardecer, subí a caminar por El Llano o páramo de Cuesta Blanca, arreciaba un viento gélido, las temperaturas en estos dos días no han conseguido sobreponerse por encima de cero grados. Aún así, ambos días han sido soleados, pero era un sol engañoso. A pesar del sol brillante y de la tarde azul y clara, la helada se sentía a cada paso. Desde El Llano se contempla, abajo, en una pequeña vega, la ermita de San Juan (Gumiel de Mercado). Pocas veces se tiene la ocasión de contemplar este páramo en su letargo invernal. El paseo me ha llevado a escribir estas “reflexiones”.

Son las seis de la tarde, un sol brillante hiere mis pupilas e inunda de luces y de sombras las piedras de la ermita de San Juan. Pronto comenzarán a abrirse las cancelas de la noche, pero antes de que lleguen las sombras de la noche y se cubra de estrellas tu tejado con los hielos de la próxima madrugada te contemplo desde el frío y la luz del páramo esta tarde, rodeado de laderas pobladas por robles ateridos, sabinas y encinas. Por la llanura del páramo camino entre piedras y hierbas aromáticas: salvia, tomillo, lavanda. Al caminar, piso sobre ellas pero me niegan sus perfumes y esencias del verano. San Juan, abajo, en la vega de un diminuto arroyo, se rodea de nogales y chopos ateridos. Me inundan tus recuerdos del medievo, ¡debieron ser tan dulces aquellas tardes de los pobladores de este valle en los albores del eremitorio cercano!


Hace frío en esta tarde y con sus últimas luces retomo el camino de regreso. La tarde es gélida y el aire despiadado. A mis pies se levanta una perdiz solitaria. Desafiando al cierzo franquea las laderas de Carramonzón y se diluye entres unos matorros de carrasca.

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