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Archive for the ‘Castellanoandantes’ Category

Casualidades de la vida pero recuerdo que comenzaba noviembre, como hoy, creo que del año 1976. Llegaba a Madrid desde una ciudad de provincias, Burgos, así se decía entonces, y a la entrada de la facultad había una enorme pancarta de recibimiento a Enrique Tierno Galván, José Luis Aranguren y Agustín García Calvo, nombres totalmente desconocidos para mí. Precisamente hoy, uno de noviembre, me llega la noticia de la muerte de Agustín García Calvo, “el amigo de Heráclito

SOBRE  AGUSTÍN GARCÍA CALVO

–          Editorial Lucina

–          Biografía

–          Entrevista a A. García Calvo

–          Manifiesto de la Comuna Atinacionalista Zamorana

–          Mayo del 68

 

 

La primavera de 1968 en la universidad madrileña fue bastante agitada, y cientos de estudiantes fueron detenidos. La policía utilizaba todos los métodos a su alcance para lograr
identificar a los cabecillas de las manifestaciones y asambleas. Uno de ellos era enviar fotografías a las autoridades universitarias en las que se rodeaban de un círculo a los estudiantes más «peligrosos», solicitando su identificación. Esta fotografía, facilitada por el Archivo General de la UCM, fue tomada en mayo de 1968.

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    Esta tarde, cuando declina el verano y la luz anuncia el otoño en la lejanía del paseo, me he visto sorprendido por la tala de los álamos de Los Pradillos. Cuando diariamente a lo largo de décadas realizas el mismo trayecto de casa al trabajo y del trabajo a casa tu retina se va acomodando a lugares simbólicos. Con la monotonía de los viajes diarios vislumbras personas, paisajes, lugares, edificios… “El Argi”,  de mañana, sentado en el murete de piedra de Las Olmas o cavando las patatas del huerto, una arboleda, un espino, un árbol centenario y solitario, una colina con un muro derruido, el campanario de la iglesia… El viaje diario los va modelando, transformando, cambiando ¿o quien se modela, transforma y cambia es nuestra vida? Como todas las mañanas, a la salida del pueblo, desvías tu mirada a un lado u otro de la carretera y el murete y el huerto están vacíos. Un día de febrero en la torre de la iglesia revolotea una pareja de cigüeñas, la arboleda se convierte en un mar de tonos verdes y dorados, el espino en una bola de nieve… Pero la vida es así. Recuerdo cuando hace treinta años desapareció un primer lugar simbólico en los viajes diarios, la iglesia de Santa Merina de Revilla había sido desmontada piedra a piedra, otra tarde, años después, el árbol de Las Varguillas estaba derribado a la orilla de la carretera, la torre sigue en pie, el próximo febrero regresarán las dos parejas de cigüeñas, pero ayer la alameda de Los Pradillos, esa mancha verde a la derecha del camino que lleva a El Caño y que configuraba tus viajes cada regreso del trabajo a casa, había desaparecido. Los álamos blancos de Los Pradillos eran otro de esos lugares simbólicos que como hitos te vas encontrando diariamente durante décadas en tu camino de regreso a casa.

             Esta alameda era un lugar simbólico. Fueron las eras de la infancia, cuando se trillaba la mies. Entonces había un álamo centenario que un día hace unos cuarenta años en casa decidieron cortarlo, bajamos José, el del bar, y yo. El álamo se resistió a caer y atrapó la motosierra. José tiraba de  la motosierra, yo gritaba “déjalo, déjalo”, al fin la máquina venció a la naturaleza y el álamo cayó. Pero no se rindió porque con “las lluvias de abril y el sol de mayo” brotaron numerosos álamos. Años más tarde, decidí “reguillear” los álamos jóvenes. Comencé a podar las ramas más bajas, entresacar allí donde los brotes eran abundantes. Y aquí aparece otro de los personajes de esta historia: Abilio “el de la María”, que me observaba apoyado en su cachaba, a un centenar de metros, rodeado de varios perros y su rebaño de ovejas, de improviso soltó la cachaba y comenzó a correr hacia la alameda. Yo, que me había subido a un álamo para poder cortar las ramas a las que no alcanzaba desde el suelo, al troncharse una rama caí a la pradera y el hacha tras de mí. Abilio se temió lo peor. Fue solamente un susto. Con los años los álamos fueron creciendo. Recientemente, hace tres años, con la concentración parcelaria a la alameda se le asignó un número, el 301 (Zona de Regeneración Medioambiental), quizás por el “remordimiento y la mala conciencia” de haber derribado el álamo centenario me opuse entre mi familia que querían cortar los álamos que ya no iban a ser nuestros pero que quedarían como un entorno natural en el recuerdo. Inmenso error, el número asignado no fue el 301 sino el 300. ¿Diferencia? Los 300 son “propiedad municipal” y como propiedad suya lo han arrendado y se ha talado la alameda.

Miguel Delibes “mantiene como centro de su ideología la atención al hombre, la consideración del individuo por encima de la sociedad y en armonía con el medio natural.” (L. Mateo Díez).

Leyendo a Lucrecio a la sombra de un álamo se entiende por qué los epicúreos fueron tomados en su tiempo por subversivos. Frente a la tiranía de los dioses enarbolaban las leyes de la naturaleza; frente a los terrores de ultratumba proclamaban que el alma desaparecía con la muerte puesto que no era distinta de los sentidos; frente a los crímenes de los políticos y la corrupción de la vida pública se purificaban huyendo al campo para acogerse allí a los deleites sencillos de cada día y con ellos levantaban un bastión inexpugnable. ¿Entienden por qué hablar ahora de pimientos asados en el campo dentro de un silencio de tórtolas es revolucionario? Lo mismo les sucedía a los epicúreos. El deterioro de la vida pública es tan profundo que uno debe volver a armarse moralmente desde la naturaleza, allí donde las ovejas escarban en busca de raíces. Leyendo a Lucrecio debajo de un álamo blanco puede uno comenzar a redimirse de la suciedad que la ciénaga política le ha dejado en el cerebro la última temporada ejerciendo ahora el pequeño placer de los sentidos. (Manuel Vicent).

 Quizás estemos, también nosotros, “viviendo en la alameda de “los sueños rotos”

He vuelto a ver los álamos dorados,

álamos del camino en la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio,

tras las murallas viejas

de Soria—barbacana

hacia Aragón, en castellana tierra—.

  Estos chopos del río, que acompañan

con el sonido de sus hojas secas

el son del agua cuando el viento sopla,

tienen en sus cortezas

grabadas iniciales que son nombres

de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor, que ayer tuvisteis

de ruiseñores vuestras ramas llenas;

álamos que seréis mañana liras

del viento perfumado en primavera;

álamos del amor cerca del agua

que corre y pasa y sueña,

álamos de las márgenes del Duero,

conmigo vais, mi corazón os lleva!

(Antonio Machado)

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Era en Numancia, al tiempo que declina
la tarde del agosto augusto y lento,
Numancia del silencio y de la ruina,
alma de libertad, trono del viento.

La luz se hacía por momentos mina
de transparencia y desvanecimiento,
diafanidad de ausencia vespertina,
esperanza, esperanza del portento.

Súbito ¿dónde? un pájaro sin lira,
sin rama, sin atril, canta, delira,
flota en la cima de su fiebre aguda.

Vivo latir de Dios nos goteaba,
risa y charla de Dios, libre y desnuda.
Y el pájaro, sabiéndolo, cantaba…

(Gerardo Diego: Revelación)

Era en Numancia, al tiempo que declina/ la tarde del agosto augusto y lento,

Fotografía

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No es el mejor año pero…

Setas de cardo (páramos de Gumiel de Izán)

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OTOÑO…

y bendecir las viñas que corren por las bardas

y bendecir las viñas que corren por las bardas

Oda al otoño

J. KEATS

Estación de las nieblas y fecundas sazones,
colaboradora íntima de un sol que ya madura,
conspirando con él cómo llenar de fruto
y bendecir las viñas que corren por las bardas,
encorvar con manzanas los árboles del huerto
y colmar todo fruto de madurez profunda;
la calabaza hinchas y engordas avellanas
con un dulce interior; haces brotar tardías
y numerosas flores hasta que las abejas

los días calurosos creen interminables
pues rebosa el estío de sus celdas viscosas.

¿Quién no te ha visto en medio de tus bienes?
Quienquiera que te busque ha de encontrarte
sentada con descuido en un granero
aventado el cabello dulcemente,
o en surco no segado sumida en hondo sueño
aspirando amapolas, mientras tu hoz respeta
la próxima gavilla de entrelazadas flores;
o te mantienes firme como una espigadora
cargada la cabeza al cruzar un arroyo,
o al lado de un lagar con paciente mirada
ves rezumar la última sidra hora tras hora.

¿En dónde con sus cantos está la primavera?
No pienses más en ellos sino en tu propia música.
Cuando el día entre nubes desmaya floreciendo
y tiñe los rastrojos de un matiz rosado,
cual lastimero coro los mosquitos se quejan
en los sauces del río, alzados, descendiendo
conforme el leve viento se reaviva o muere;
y los corderos balan allá por las colinas,
los grillos en el seto cantan, y el petirrojo
con dulce voz de tiple silba en alguna huerta
y trinan por los cielos bandos de golondrinas.

    (Versión de Màrie Montand)

AL OTOÑO de J. KEATS

MÁS FOTOS SOBRE EL OTOÑO

(Quintana del Pidio, sábado, 29, de octubre)

 FOTOS DE JACOBO SANJURJO B.


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Recuerdo las tierras de Oñate como tú recordarás las riberas del Gromejón a su paso por Quintana del Pidio y el convento franciscano de La Aguilera, tu casa. A lo largo de los años las aguas de la vida o las del Gromejón, que un día nos unieron, no son o fueron sino las mismas aguas que las del valle de la vida. Una vida que ahora se te ha negado. Los pinares de Oñate por los que tú nos llevaste de paseo una tarde de agosto se entremezclan en mi memoria con las encinas en esta otra tarde de agosto en la que nos llega la noticia de tu muerte.

Quizás, aquí, a orillas del Gromejón encontró tu vida la armonía, la armonía de “sus vientos”, la música en la noche, la armonía de las noches estrelladas en La Aguilera. El siglo XX agonizaba, pero nosotros, jóvenes, creímos en la vida y… en las personas. Y esta tarde de septiembre, aquí, en la iglesia de Quintana recordándote, regresándote, la vida no acompaña o no perdona o quizás olvida.

Ramón Irízar

Agur egin diguzu
zaude Jaunarekin,
iritsi da saria
heriotzarekin;
hemen gelditzen gera
oroitzapenekin,
atsekabean ere
irifarrarekin,
eta neurri gabeko
maitasunarekin.

Ilobak: Aratzazu eta Unai, Miren eta Xabi, Gaizka, Gorka, Xabi, Ander;
Iloba txikiak: Naiara, Aitor, Irati, Josu.

¿CONOCÉIS EL LUGAR?

¿Conocéis el lugar donde van a morir
las arias de Händell?
Creo que es aquí, en este espacio
donde se inventa la infinitud de los amarillos;
un espacio en el centro del centro de Castilla
en el que nuestros cuerpos podrían sanar para siempre
si tus ojos y mis ojos
mirasen estos páramos
con piedad absoluta
y en donde hasta el espíritu suele arrodillarse
para hacernos su ofrenda
en rosales de sangre.
En este espacio hay un fuego blanco
en el que viene a expirar esa música
que nos llega de lejos, ¡de tan lejos!

¿Conocéis el lugar donde van a morir
las arias de Händell?
Está aquí, en una tierra con más cielo que tierra,
donde los ruiseñores serenan la alameda
y la alameda serena a los ruiseñores,
y con la emanación
húmeda del tomillo más nocturno,
acude un enjambre de estrellas
a venerar la última espina de Cristo.
Es el lugar donde la luz
llora luz,
y la catedral de los cardos
alza su grito de silencio,
y están solas, muy solas, las vírgenes anunciadas,
y el pueblo amurallado y muerto
asciende vivo sobre un horizonte de lágrimas,
no sé si como un salmo
o como una corona de piedras inciertas.

¿Conocéis el lugar donde van a morir
las arias de Händell?
Está aquí, en el centro del centro de Castilla,
donde por los linderos morados
se tensa, como un arco, la luz;
es un espacio en que la nada es todo
y el todo es la nada,
y en el que junio joven viene por los montes
vertiendo de su copa oro líquido.
Es un lugar en el que el espacio y el tiempo
sólo son una hoguera
que arde y que mantiene su combustión
gracias a nuestras vidas (quiero decir:
gracias a nuestras muertes).

La música que más amáis
aquí tiene su tumba.
Es la música que, a través de la respiración de las espigas,
viene a morir en la luz que respiran nuestros pechos.

(Antonio Colinas: ¿Comocéis el lugar?)

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Esencias…

… del pueblo

En pleno centro de la Ribera del Duero, en torno al margen derecho del río Gromejón, se encuentra  Quintana del Pidio. Rodeado de pequeñas colinas y cerros poblados de robles, esquenos y encinas que la protegen de los vientos fríos del norte. Cuadernos del Salegar hunde sus raíces en estas tierras: en sus gentes, en sus calles, en sus fuentes, en sus viñedos, en el Gromejón, su río; en las tradiciones, en el viento suave de sus tardes de primavera que hace temblar las hojas de los chopos, en la luz y el color de sus viñedos, en el canto otoñal de la perdiz.

Esencias…

… de la tierra

mi tierra, mi cuna, es un paisaje y una referencia geográfica, pero también es un paisaje en la memoria, un paisaje mental, trenzado con poemas y recuerdos, cuentos y vivencias, leyendas y sufrimientos, mitos y añoranzas, canciones y alegrías, realidad y elegía.

Esencias…

… del camino

Y si desencaminado

o enfermo

o peregrino,

en tenebrosa noche,

con pie incierto,

la confusión pisando en el desierto,

cual caminante gongorino que se enamoró de donde fue hospedado…



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