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Posts Tagged ‘Santa Marina de Revilla’

Finalizaba mayo. Al atardecer tomé el camino viejo que lleva de Quintana del Pidio a Aranda de Duero. Los arroyos, cubiertos de maleza, recorren y se bifurcan entre los campos de cereal. Chopos centenarios con su corteza gris y cuarteada. Pequeños huertecillos por los que discurre el agua.

Una vez que se cruza el puente sobre el río Gromejón, a escasos metros, sobre una colina, en la vega del río, se encuentran diseminadas las ruinas del despoblado y aldea de Santa Marina de Revilla.

A medida que se asciende por la ladera del cerrillo, las entradas arqueadas de las bodegas derruidas del poblado, cubiertas y semiocultas por la maleza vegetal, desde su fondo oscuro, te observan sombrías y siniestras.

Ya desde arriba, en la colina, un paisaje de ruinas y desolación recorre el despoblado. La iglesia reducida a un único paredón en el que anida una pareja de cigüeñas. Los muros de piedra desmoronados de las que fueran las casas de los últimos moradores de la aldea. Las calles del poblado difícilmente perceptibles. Desde las riberas del Gromejón me llega el canto bisbiseante y persistente del cuco. Y hacia el este, otras ruinas, no menos significativas, envueltas entre la vegetación primaveral de chopos y frutales abandonados, las del molino de los Abades.

...sobre una colina, en la vega del río, se encuentran diseminadas las ruinas del despoblado y aldea de Santa Marina de Revilla.

...otras ruinas, no menos significativas, envueltas entre la vegetación primaveral de chopos y frutales abandonados, las del molino de los Abades.

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En la colina, sentado en una de las piedras desmoronadas, me inunda un rumor misterioso y profundo.
Son las piedras de Santa Marina de Revilla.
Son las piedras de la aldea despoblada.
Piedras de pajares y corrales,
bodegas y establos,
de la iglesia y los hogares.
Se refugia el silencio entre estas piedras.
El rumor del silencio crece y me lleva hacia recuerdos de la niñez.
El misterio del pasado recorre cada rincón de estas ruinas.
Mis ojos las contemplan sin encontrar alivio en esta tarde perfumada de mayo cuando sientes que tan sólo serán estas piedras quienes perdurarán.

He visto atardecer
de oro y luz, estos campos en otoño,
de verde, las alamedas y los salces de las riberas del Gromejón en primavera,
de azul, el cielo rasgado por el azor o las cigüeñas.
Y, esta tarde, los ocres y los líquenes, que el tiempo acumuló, anidan en cada hueco de estas piedras y muerden los muros roídos por los hielos
y duele el silencio entre tanta ruina
y hiere la paz entre tanta piedra
y te inunda una honda desolación.
Cumbre de eternidad,
cerro de dolor,
tapias derruidas,
tapias cansadas.

Atardece mayo,
en la lejanía tembletean las hojas de los chopos,
el cierzo suave mece y ondula los campos de cereal,
canta una alondra,
rebaños difuminados en el ocaso,
el sol, con sus últimos rayos, corona de luz y fuego las ruinas del cerro sagrado.
Mis ojos surcan lentamente la vega del Gromejón mientras la pupila se impregna de vides y campos de cereal.
Y hoy, que me vuelvo a reencontrar contigo en esta tarde.
Mientras reposo en tus laderas, escucho entre tus piedras rumores de mi niñez.
Es una sinfonía extraña la que regresa y discurre por el cauce remoto de mi ser.
De las calles ya borradas de la aldea y entre el silencio de las piedras me llegan lejanos rumores de tu humilde historia:
rumores campesinos de ovejas y de cabras,
ladran los perros,
llora un niño,
saluda un labriego,
murmura una anciana,
crepita la hojarasca oxidada en el hogar,
se extinguen los rescoldos de la encina.

Ya, tan sólo, un muro de la iglesia corona el cielo,
desde su altura vence al viento,
desafía al tiempo.
Y entre sus grietas brota el olor del incienso,
y duerme, incrustado, entre piedras y argamasa,
un rumor de monótonos rezos
y tañidos de campanas.
Y yo aquí, en esta tarde, diluyéndome entre todos tus sueños destrozados.

Una vez que se cruza el puente sobre el río Gromejón

La iglesia reducida a un único paredón en el que anida una pareja de cigüeñas

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